Cada Navidad que vuelvo a Madrid, y con esto no quiero decir que vuelva sólo y exclusivamente en dicha época del año, intento al menos un día pasear por las calles del centro de la ciudad, como si fuera una turista, conociendo y descubriendo al mismo tiempo cada rincón. Este año no fue menos. Recién aterrizada, me eché el macuto a los hombros y fui en tren desde el aeropuerto hasta Atocha; una vez allí, tomé un camino que hacía años que no recorría: subiendo por la calle Atocha rememoré todas aquellas veces que con tal de no coger un atestado vagón de Metro iba caminando a muy temprana hora desde la estación hasta mi puesto de trabajo. Entonces trabajaba en la zona de Antón Martín. El hecho de realizar este mismo camino obedecía a dos ilusiones, la primera era, como he comentado, rememorar aquella época, y por otro lado llegar hasta una calle cuyo nombre siempre dibuja una sonrisa en mis ojos. Se trata de la calle de León.

Placa de la calle León

Placa de la calle León

La mayoría no sabréis de buenas a primeras el porqué de dicha sonrisa. El motivo no es otro que el hecho de que se trate de la calle que elegí para situar gran parte de la trama de mi primera novela, ‘Fotografiar la lluvia’. Así, la protagonista vive en un portal cualquiera de la calle León, y digo cualquiera porque, recorriendo el pasaje de arriba abajo, imagino que podría ser uno de los muchos balcones que se asoman a través de las fachadas. Es esta, o es aquella, qué más da. Esa ilusión, o pequeña emoción, está dentro de mí, visualizando el piso de un personaje, un piso imaginario de una trama que se ubicó en un barrio del que guardo muy buenos recuerdos. A lo largo de varios años paseé por las calles del barrio de las Letras durante los descansos del trabajo, o mientras me dirigía hacia éste, desayuné infinidad de veces en una cafetería de la calle León que aún existe pero cuyos dueños estoy segura de que no son los mismos. No fue casualidad que eligiera este pasaje, lo hice para poder recrear desde la distancia este trozo de Madrid.

Tras el momento de melancolía continué hacia la plaza de Jacinto Benavente, y de allí bajando por la calle Carretas llegué hasta la plaza de Pontejos, donde está situado el mítico Almacén de Pontejos. Es curioso que no tenga gran recuerdo físico de este sitio a pesar de haber estado en numerosas ocasiones, además de que lo he oído nombrar continuamente a lo largo de estos años. Siempre me llevaron hasta allí, no recuerdo haber llegado por mi propio pie, y ahora lo encontraba casi por casualidad y sin buscarlo.

Lo que realmente estaba buscando aquella mañana era la chocolatería San Ginés para poder disfrutar de un buen chocolate con porras, un desayuno tan típico en Madrid en invierno, en un lugar castizo con tanta historia y tanta tradición. Vi mi gula deshacerse cuando comprobé que más gente había tenido la misma idea, de hecho había cola para entrar. No estaba dispuesta a tener que esperar tanto para poder desayunar, además había quedado. Casualmente descubrí y acabé desayunando en la churrería Las Farolas, en plena calle Mayor, quizá no tan castizo ni tan frecuentado pero donde tanto las porras como el chocolate me supieron a gloria.

Delicioso y potente chocolate con porras

Delicioso y potente chocolate con porras

Tras pasar al lado de la Puerta del Sol, observar la decoración de este año de Cortylandia y hacer una breve visita a La Casa del Libro de la plaza de las Descalzas y a FNAC en Callao, me encontré en esta última plaza con mi amigo Álex Von Karma, con quien me fui a pasear por el barrio de las Maravillas, más conocido como Malasaña; allí “cafeteamos” en una pequeña bakery de la calle Espíritu Santo: Happy day, me encantó aquel pequeño rincón lleno de cupcakes y otros dulces, muy acogedor. Estuvimos charlando un buen rato, poniéndonos al día.

Fuente del patio interior del Museo Romántico

Fuente del patio interior del Museo Romántico

Después continuamos nuestro paseo por la zona, entramos en el Museo Romántico o del Romanticismo, el cual no conocía, sólo para ver su cafetería y patio interior. ¡Parecíamos estar en otro mundo!

Continuando nuestro paseo y nuestra charla, llegamos hasta el barrio de Chueca, allí descubrimos una nueva librería que llamó nuestra atención: nakama /lib/, en la calle Pelayo. Entramos a cotillear el espacio y los libros y charlamos con los dueños, quienes nos contaron que hacía tan solo unos días que habían abierto.

Por último, llegamos hasta la calle Gran Vía y no pudimos resistir la tentación de hacer una visita al enorme local de La Casa del Libro para comprobar si aún tenían algún ejemplar de nuestras respectivas novelas. Nos ilusionó comprobar que aún podían adquirirse tanto ‘La curva de tu sonrisa’ como ‘Neurogénesis. Lecturas recomendadas…

Neurolluvia

“Neurolluvia”, foto: Álex Von Karma

Tras despedirme de Álex en la Puerta del Sol cogí el Metro y fui a encontrarme con mi amigo Álvaro en un número bastante alto de la calle Alcalá. Comí con él en apenas hora y media, mientras charlábamos y repasábamos puntos en común. Álvaro es un amigo desde hace bastantes años que no está presente en las redes, por lo que hablar con él supone poner unos paréntesis a la rutina, o unos corchetes, lo cual también es de agradecer.

Tras la comida, y la nueva despedida, volví a coger el Metro y regresé a la Gran Vía, a la altura de la calle Montera. Allí me reencontré con unas viejas amigas y ex compañeras de trabajo, el mismo trabajo que tuve en la zona de Antón Martín. Con ellas bajé a través de la calle Montera y acortando por la plaza del Carmen llegamos hasta la calle Preciados, desde allí nos dirigimos hasta una cervecería que solíamos frecuentar y en la que disfrutamos de unas cervezas y, cómo no, unas patatas bravas, porque, sinceramente y sin ánimo de ofender, como “las bravas” de Madrid no hay ninguna… Charlamos, recordamos viejos tiempos, nos pusimos al día de las novedades, reímos con nuestras bromas y nuestras coletillas de siempre como sólo la gente con la que tienes tanta complicidad sabe hacer, y pasamos el resto de la tarde hasta que la noche me obligó a despedirme para no perder el tren de camino a casa.

Llegué exhausta. Había salido de Palma (en avión) a las 6.30h de la madrugada y llegaba a casa en tren a las 22h. La paliza había merecido la pena, sarna con gusto no pica, pero me quedé con ganas de haber seguido recorriendo Madrid en tan sólo un día.

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Nací en Madrid a mediados de los años 70 y desde muy pequeña mostré mi afición a la escritura a través de cuentos y novelas cortas. Licenciada en periodismo, pero me defino a mí misma como “comunicadora digital”. En 2013 publiqué mi primera novela: “Fotografiar la lluvia” (Algón Editores), y en 2014 recopilé diversos relatos propios en la antología “Lo que encontré en un cajón”, disponible en Amazon. “Neurogénesis” es mi segunda novela (ed. Algón Editores, 2015)

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