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Vivo en un mundo paralelo en el que me dan cita para un día 21 y acudo el 22, un mundo en el que el consumismo me devora a medias, un mundo en el que no tienen cabida la moda ni la prensa rosa.

Vivo en un mundo paralelo cerrado a lo que le suele gustar a una mayoría ruidosa, un mundo en el que se piensa que ciertos artistas están sobrevalorados, que las grandes empresas compran los gustos de la gente y que hemos desaprendido a nadar para dejarnos llevar por la marea. No escucho la música que el resto de la gente, ni veo las mismas películas o series o leo los mismos libros. En mi mundo paralelo, cuando un nombre, un título, un refrán, hace demasiado ruido, lo echo a la trituradora.

En mi mundo paralelo, voy a contracorriente, y dejo entrar a quienes se han colocado boca abajo como yo y ven el mundo del revés; pero también me relaciono con los polizones que no saben si nadar o dejarse llevar en ese transatlántico.

En mi mundo paralelo soy relativamente feliz, porque cada vez es más estrecho y resbaladizo. Estoy tratando de asegurar todas las puertas posibles para que nada extraño se cuele ni nada valioso se escape. No me siento sola pero cada vez me muestro más silenciosa, evitando que las miradas de los otros mundos se posen arrogantes sobre mí.

Para entrar en mi mundo solo tienes que llamar a la puerta y cantar, yo te escucharé y te daré la bienvenida.

Después de un mes de parón, vuelvo con el Reto 5 líneas que desde hace más de un año cumplo con regularidad cada mes. Si aún no sabéis de qué se trata esta propuesta, os invito a visitar el blog de Adella Brac, en el que ella misma explica con detalle en qué consiste y cómo participar.

Para noviembre, las palabras propuestas son: espantapájaros, abrieron y comprobar.

Aquí tenéis mi microrrelato:
[su_quote]No me mire usted así, señor espantapájaros, he venido a comprobar si acomete usted bien sus labores de vigilancia. Me han contado que anoche le abrieron el pecho a picotazos y trataron de acabar con su existencia, y que en el último momento un brillo en sus dos botones asustó a los potenciales asesinos. Compruebo que está malherido, por eso no se preocupe: yo mismo coseré sus heridas. Es usted mi jornalero más preciado.[/su_quote]

Podéis consultar mis anteriores propuestas visitando la categoría 5 líneas.

Basado en hechos reales....

Anoche, tarde, como siempre, a la salida del trabajo. Solo quería llegar a casa y desconectar, leer un poco, dormir.

Con un poco de retraso me di cuenta de que se me acercaba un tipo de mediana edad, quizás treintañero, sin malas pintas. Me preguntaba algo, le miré, y me dio mal rollo al darme cuenta de que llevaba algo en la mano, no supe muy bien qué; parecía una llave inglesa, luego creí apreciar una especie de tubo, como un recambio. Me habló de usted, me llamó "señora" y me pidió un cigarro, con educación. Le aseguré que no fumaba, no una sino dos veces, y él me regañó por no hacerlo. No entendí nada.

Me apresuré a poner las llaves en la moto y arrancar, pero cuando quise darme cuenta aquel tipo ya estaba a mi altura. Me preguntó si le daba una vuelta en la moto, le respondí que no. Intenté acelerar, entonces me sujetó la mano, la misma que debía girar el manguito de la moto para acelerar, y me la bloqueó. Fue entonces cuando empecé a asustarme.

Me preguntó si le daba la moto, así sin más, como antes me había pedido un cigarro, con el mismo tono, con palabras similares. De nuevo, le dije que no. Intenté acelerar, a pesar de su mano impidiéndomelo, y antes de que pudiera reaccionar, él quitó las llaves del contacto y las sujetó con fuerza.

Me dijo que estaba enganchado a las drogas y que necesitaba dinero. Me preguntó si podía darle cinco euros, prometió devolverme las llaves si se los daba. Aseguró que él siempre cumplía su palabra, y que necesitaba el dinero. Volvió a justificarse asegurando que estaba enganchado a las drogas.

Le pregunté si de verdad me devolvería las llaves si le daba el dinero, quería asegurarme. Él volvió a garantizar que cumpliría su palabra, incluso se ofreció a darme un beso si se lo daba, ya que, según él, le iba a hacer muy feliz ayudándole.

Eché mano de mi mochila, tratando de guardar la calma. Para mi sorpresa, no me temblaron las manos, supe guardar la compostura y actuar como si aquel tío y yo hubiéramos llegado a un acuerdo de forma cordial, sin presiones. No quería su beso, ni sus gracias, solo quería recuperar mis llaves e irme de allí.

No tenía cinco euros sino diez. Lo recordé antes de sacar el monedero, pero estaba claro que no pensaba pedirle el cambio. Y con el billete en la mano, le pedí nuevamente que prometiera devolverme las llaves si se lo entregaba. Me lo prometió.

Me dejó recuperar primero el llavero, y en un acto de legalidad, cumpliendo mi parte del trato, le tendí el billete. No me lo arrebató, simplemente lo esperó, y a continuación se mostró muy contento. Me dio las gracias y volvió a repetirme, en tono lastimero, que estaba muy enganchado. Quizá buscaba algo de empatía además de la pasta.

Encendí de nuevo la moto y arranqué.

Él me pidió un abrazo. Le dije que no. Tal vez fui un poco maleducada.

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