A veces parece que nos cuesta escribir sobre la amistad. Nos gusta hablar del amor en el sentido romántico, o en el familiar. Pero ¿qué hay de los amigos?

A mí me encanta hablar sobre la amistad y sobre las diversas formas en las que la gente forma parte de mi vida. Sobre todo cómo llegan, cómo los encuentro, cómo me encuentran ellos a mí. En todos estos años he conocido a infinidad de gente; a veces han sido personas que han estado de paso (segundos, minutos, días…); otras, se han convertido en colegas; y de vez en cuando ha habido gente que ha traspasado esa barrera de la confianza y el tiempo.

Hay quienes llegaron, otearon qué se cocía, quizá probaron algo a ver si les gustaba, y, por último, se marcharon sin más, sin mirar atrás, y sin pagar la cuenta.

Luego están quienes entraron en mi vida, observaron a su alrededor y buscaron el lugar más oportuno para escribir “yo estuve aquí”. Este tipo de gente es de la que suele escapar por la puerta de atrás para que no descubras su trastada, y ahí dejan su firma, con rotulador permanente, para que no te sea nada fácil limpiarlo.

Cómo olvidarme de aquellos que llegan con su mochila y acampan a sus anchas. A veces se quedan una larga temporada en el camping, y por lo general se van y vuelven por vacaciones. Ya los espero, por supuesto, he legalizado su acampada y los recibo con una amplia sonrisa de anfitriona.

Por supuesto, no faltan los okupas. ¡No hay manera de echarles! A veces acabo aceptándolos y trato de hacerles un contrato de alquiler, pero se hacen los locos, así que no me queda más remedio que adoptarlos.

Los que me encantan son los que llegan a mi vida por accidente, por casualidad, por serendipia. De esos que no espero y de pronto están ahí. Creo que incluso ellos se sorprenden. La amistad crece sin que me dé cuenta, o sí. Parece que no tenemos nada en común, o que si acaso lo tenemos, acabarán siendo de los que se larguen sin pagar la cuenta. Pero ahí siguen, no han llamado a la puerta y no les he dado permiso para entrar, se han colado sin querer y no saben dónde está la salida, por lo que dejan de buscarla. En estos casos, a veces se pierden en el laberinto que tengo en mi interior, y aunque trato de encontrarlos, acaban descubriendo alguna trampilla oculta donde se cuelan y desaparecen, sea una salida o un pasadizo a otra dimensión; a veces se pierden en el laberinto y juegan a dar vueltas, la mayoría vuelven a la casilla de salida y vuelta a empezar; a veces me invitan a perderme con ellos; a veces juegan a perderse y se divierten con las diferentes combinaciones; y muchas veces, por fortuna, entren o no en el laberinto, se quedan.

¡Cómo me gustan las serendipias!

Cada persona que he conocido y con la que he entablado amistad, sea del tipo que fuere, ha dejado huella en mí, en mayor o menor medida. Los que se fueron sin despedirse se van borrando del camino, como cuando escribimos un nombre en la arena y el mar se va tragando cada letra. A los que se despidieron de alguna forma aún los recuerdo aunque su imagen sea difusa. Y los que decidieron quedarse, a pesar de la distancia, del tiempo sin hablarnos (por dejadez, incompatibilidad de horarios, etc.) o de que parezca que nuestros senderos hayan trazado formas muy dispares, forman parte de esos azares que hacen que la vida merezca la pena, y es a ellos a los que quiero dedicar este post. Gracias por formar parte de mi vida.

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Nací en Madrid a mediados de los años 70 y desde muy pequeña mostré mi afición a la escritura a través de cuentos y novelas cortas. Licenciada en periodismo, pero me defino a mí misma como "comunicadora digital". En 2013 publiqué mi primera novela: "Fotografiar la lluvia" (Algón Editores), y en 2014 recopilé diversos relatos propios en la antología "Lo que encontré en un cajón", disponible en Amazon. "Neurogénesis" es mi segunda novela (ed. Algón Editores, 2015)

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