No sé si habrá sido por la famosa frase de “a relaxing cup of café con leche” que tanto ha dado que hablar la semana pasada, pero el caso es que llevo varios días con la canción A cup of coffee de Garbage en la cabeza, y como consecuencia, de mi mente ha salido esta breve historia…

Una amarga taza de café

 

Un día horrible, lo pensé nada más salir a la calle, ataviada con mi cazadora de plumas y enfundada en la bufanda de lana con el gorro y los guantes a juego. Soplaba una suave brisa helada que parecía clavarse sobre mis mejillas como si de cristales se tratara, hasta respirar me dolía. Un frío día de invierno, sí, un día horrible. Siempre he odiado tener que salir a la calle como si fuera una cebolla: con capas y más capas de ropa, pero era la única manera que conocía para combatir aquel frío que me noqueaba. Durante el invierno sólo me apetecía estar en casa bajo una gruesa manta y saboreando una taza de café bien caliente, observando por la ventana los días amanecer y oscurecerse en cuestión de pocas horas, esperando que pasaran rápido hasta la llegada de la primavera.

Sin embargo, en los últimos meses algo me había animado a abandonar la hibernación y tratar de disfrutar del invierno por primera vez en mucho tiempo. Y ese algo eras tú.

 

Aquel día horrible en el que las calles eran grises y la gente caminaba encogida y ausente como si no tuviera alma, al igual que yo, habíamos quedado en aquella cafetería, la misma que tú asegurabas odiar por su decoración retro, porque estabas cansado de que lo retro y lo vintage volvieran a estar de moda, te quejabas siempre por esto porque tú eras hijo del cibertechno, como solías decir.

 

Éramos tan diferentes, pero tan iguales en realidad. Los dos retraídos, reservados y aburridos; sí… tú también eras aburrido, aunque no lo quisieras reconocer. O al menos lo éramos a ojos de la sociedad, por no cumplir las normas, por no ser iguales al resto de la gente de nuestra edad. Tú, friki empedernido, por mucho que te quemara que te llamaran así, y yo, ermitaña sin remedio. Estábamos predestinados a encontrarnos y compartir nuestros defectos.

Pero también teníamos virtudes, ¿no? No sólo como personas sino también como pareja, o al menos eso creía yo.

Pero aquel día horrible en el que me citaste en aquella cafetería que a mí me encantaba porque me parecía tranquila y acogedora, y que tú odiabas por su decoración, supe que algo se había quebrado entre nosotros y que la frialdad de aquella brisa invernal había levantado una fina capa de hielo entre nosotros.

Llegué antes que tú, como siempre, y me pedí un café con leche porque sabía que tardarías en llegar. No me importó en aquel momento, quise disfrutar de uno de mis mayores vicios en soledad antes de que hubiera un antes y un después en aquel día extraño. El ahora era un yo contigo, aún juntos, aún pensando en otra oportunidad contigo, aún dudando sobre si podía estar equivocada; y el después sería un sabor agridulce en la boca, la presión en el estómago, el corazón abatido, un yo sin tú, un yo solo de nuevo, añorando momentos pasados contigo y encerrada de nuevo en casa.

Me encantaban las tazas de aquel bar, color arena, tan redondas, tan brillantes, y el café humeante llamándome a gritos dentro. Me encantaba observar la espuma de la leche, ya teñida por el color café, haciendo alguna forma extraña e impoluta antes de que yo echara el azúcar e introdujera la cucharilla. El café me gustaba levemente dulce, con el punto justo de azúcar. Odiaba que supiera demasiado tostado pero también que fuera flojo, y por supuesto no soportaba el descafeinado porque me sabía a sucedáneo. El café allí, en aquella cafetería retro que tú tanto odiabas y que a mí me encantaba estaba realmente bueno, y siempre me lo servían muy caliente. Yo solía bebérmelo de tres tragos, tú nunca lo entendiste, alegabas que era imposible que no me quemara la garganta, siempre me mirabas primero expectante y asombrado después, como la primera vez. Me encantaba que fuera así, siempre sorprendido como si cada vez me descubrieras de nuevo, eso me hacía pensar que la emoción nunca acabaría.

A mí también me sorprendían tus gestos más cotidianos, quizás por su rareza, como te pasaba a ti conmigo, éramos tan distintos en nuestras manías y costumbres que parecía que nunca íbamos a perder la capacidad de asombrarnos por eso.

Aquel día tú llegaste a la cafetería y caminaste con desgana hasta la mesa sin apenas mirarme, dejaste resbalar un saludo de tu boca, sin tan siquiera darme un beso, antes de sentarte frente a mí. Ni siquiera te diste cuenta de que el café estaba intacto, enfriándose dentro de aquella taza, mientras yo le daba vueltas con parsimonia, deseando que la cucharilla pudiera parar el tiempo. Movía la espuma con un ritmo constante, dibujando en ella líneas irregulares que respondían a mi estado de ánimo.

“Se te va a enfriar”, me dijiste de pronto, supongo que mi silencio te avisó de la anomalía de la situación y del hecho de que yo estuviera esperando que me dieras la estacada. No te miré, porque no quería verte, porque sólo quería mirar aquella espuma y los dibujos que yo misma estaba haciendo sobre ella. Pronunciaste mi nombre en un murmullo y después añadiste un “acéptalo” que se me clavó en lo más profundo del alma. “Podemos ser amigos”, dijiste después, y yo pensé que bromeabas, por eso no pude evitar echarme a reír con amargura. Y te miré por primera vez en todo aquel rato, clavé mis ojos en tus frías pupilas, en tu boca de labios finos y cortados que nunca más volvería a besar, y entonces me di cuenta de que la inexpresividad de tu rostro dolía mucho más que aquel “acéptalo”, porque ya no eras tú, no era esa forma de mirarme, ni esa sonrisa traviesa, ni ese asombro ante mis rarezas. Simplemente, ya no me veías.

“Por supuesto que no”, te dije con rotundidad, “nunca hemos sido amigos y no vamos a serlo ahora. Sólo hemos sido una pareja, una pareja más que se conoce y decide compartir su tiempo libre, una pareja que sale y vive y se comporta como un tándem, que asume los defectos y adora las virtudes del otro, o al menos eso pensaba yo… Nunca hemos sido amigos porque nunca hemos llegado a conocernos fuera del estatus de pareja”. Clavé los ojos de nuevo sobre mi café, había dejado de dar vueltas a la cucharilla y eso había provocado que la espuma volviera a ser homogénea, la rompí de un movimiento brusco, sacando e hincando de nuevo la cuchara sobre ella. Y sin mirarte, continué: “lo único que tengo que asumir es que tú ni siquiera nos has visto alguna vez así, como pareja, tú sólo has querido amortiguar la soledad porque ya tocaba estar una temporada acompañado, y no creo que te resulte muy fácil encontrar la horma de tu zapato”.

“Mira quién fue a hablar”, replicaste, y por tu voz te noté enojado, pero creo que en cuestión de segundos decidiste no empezar una discusión ni dejar que sacáramos todos los trapos sucios, quizás en este sentido fuiste más cabal que yo, una vez más, y tomaste la decisión de dejarme luchar contra mi propia frustración a solas. Te levantaste de la mesa sin reclamar mi atención, y te despediste con un “que te vaya bien” que abrió un inquietante vacío en mi pecho.

Te observé marchar sin intención de rogarte que te detuvieras, sin suplicarte que te quedaras, sin pedir explicaciones de por qué había dejado de asombrarte, de gustarte, de por qué querías volver a tu soledad. Y no quise pensar demasiado sobre eso, sabía que me haría confabular en mi contra, haciéndome más daño aún.

Así que di unas vueltas más al café y después me lo bebí de un trago. Estaba templado y amargo, no por falta de azúcar sino porque mi garganta lo había recibido con aspereza. Observé la espumar que había quedado impregnada dentro de la taza, sintiendo que aquellos eran los restos de mi orgullo resquebrajado.

Entonces supe que lo habías hecho aposta, me habías citado en mi cafetería favorita sólo para hacerme daño, para que la odiara y que me supiera demasiado amarga aquella taza de café.

via Blogger http://espiraldeinquietudes.blogspot.com/2013/09/relato-una-amarga-taza-de-cafe.html

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Nací en Madrid a mediados de los años 70 y desde muy pequeña mostré mi afición a la escritura a través de cuentos y novelas cortas. Licenciada en periodismo, pero me defino a mí misma como "comunicadora digital". En 2013 publiqué mi primera novela: "Fotografiar la lluvia" (Algón Editores), y en 2014 recopilé diversos relatos propios en la antología "Lo que encontré en un cajón", disponible en Amazon. "Neurogénesis" es mi segunda novela (ed. Algón Editores, 2015)

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2 Pensamientos en “Relato: “Una amarga taza de café”

  1. AIDA says:

    Me ha parecido impresionante tu relato,Lluvia, mi enhorabuena. He sentido en mi garganta el sabor amargo de esa taza de café. La tensión del momento, la levedad de un amor de pareja, en el que uno ha entregado más, ha sentido más, ha vivido más y por tanto, también ha reclamado más. No son amigos, no lo han sido nunca, así ella lo ha anunciado y así yo lo he sentido. Amistad y pareja pueden estar unidas en una maravillosa armonía, pero en rara ocasión sucede que la varita mágica concede ambos deseos. No obstante, y quedándome con amor o amistad, prefiero la amistad. La playa donde quedarnos de vez en cuando, oliendo la brisa del mar, de la mano de un buen amigo y por qué no, saboreando una deliciosa taza de café…

    • Lluvia Beltrán says:

      Me alegra que te haya gustado y que hayas sentido todas esas emociones, incluso el sabor del café. Gracias por tus palabras 🙂
      Por cierto, yo también me quedo con la amistad, porque realmente el amor ya está implícito en ella.
      Besos

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