Hacía mucho tiempo que no compartía un relato en mi blog, a excepción de los microrrelatos del Reto 5 líneas. Por eso cuando plasmé en papel la última paranoia que me estaba rondando por la cabeza, me dije que tenía que recuperar esa costumbre de compartir con vosotros pequeñas historias, breves relatos, microrrelatos… como queráis llamarlos. Aquí tenéis esta idea que surgió mientras daba vueltas a otros temas. Espero que os guste.

El collarín
Era una mañana más de un día cualquiera, y como cada jornada laboral, se levantó a la hora de siempre, fue al baño a asearse como siempre, y se vistió con la ropa que había seleccionado de forma minuciosa la noche anterior y que había extendido con cuidado sobre la butaca de su habitación, como siempre. Una vez vestida, se miró al espejo buscando su propia aprobación. Se giró para verse desde todas las perspectivas, y tras ahuecarse un poco la blusa sobre el pantalón de pinza para que no se le marcaran tanto los michelines, procedió a colocarse lo único que le faltaba en su atuendo diario, y que era lo que más seguridad le proporcionaba: aquel collarín que antaño había sido blanco y que ahora lucía un aspecto macilento tras tanto uso y tantos lavados. Sonrió, sintiéndose más protegida con aquella ortopedia que agarrotaba su cuello. Ya estaba lista para echarse a la calle y afrontar un nuevo día.

Abrió la puerta de su casa, bajó al portal por las escaleras y salió afuera con pasos decididos y siempre en línea recta, o girando si acaso 90 grados o a lo sumo 180, nunca más y nunca menos. Tampoco valía agacharse. Caminaba con la mirada al frente sin necesidad de fijarse por dónde le llevaban sus pies, se sabía el camino de memoria. Llegó hasta la parada de autobús y cuando este abrió la puerta, se subió sin vacilar, validó su abono de transporte y se dirigió hacia la puerta trasera, en donde permaneció de pie, consciente de que, a buen seguro, no habría ningún asiento libre en el que poder sentarse. No le hizo falta comprobarlo, ya que nunca lo había.

Cuando llegó hasta la parada deseada, se apeó junto a un gran grupo de gente, como cada día, y después anduvo varios metros, dejando una vez más que sus pasos le guiaran hasta su destino: aquel enorme edificio de oficinas. Tras dedicarle un rutinario saludo a la mujer que velaba por la seguridad de la empresa a la que pertenecía aquel inmueble, cogió el ascensor, colocándose en el pequeño hueco que un par de personas habían dejado para ella, y subió hasta la tercera planta. Una vez allí, y ya fuera del montacargas, fue hasta su mesa, se quitó el abrigo, lo colgó en una percha y esta a su vez en el perchero más cercano, se sentó en su silla y, al fin, se deshizo del robusto collarín. Al hacerlo sintió alivio físico pero a la vez inquietud espiritual. Suspiró y se permitió el lujo de girar un poco la cabeza para descontracturar el cuello.

Lo había conseguido, había logrado salir de su casa y llegar hasta el trabajo sin que en ningún momento su cabeza se moviera. Se sentía mucho más relajada y feliz teniendo la mente en blanco. Pero el trabajo aún no estaba concluido, ahora tocaba lo peor: conseguir que la pantalla del ordenador la distrajera lo suficiente como para no tener que pensar en otra cosa que no fuera trabajo. Sólo así lograría un día más sin darle tantas vueltas a la cabeza por nimiedades.

Por: Lluvia Beltrán

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Nací en Madrid a mediados de los años 70 y desde muy pequeña mostré mi afición a la escritura a través de cuentos y novelas cortas. Licenciada en periodismo, pero me defino a mí misma como "comunicadora digital". En 2013 publiqué mi primera novela: "Fotografiar la lluvia" (Algón Editores), y en 2014 recopilé diversos relatos propios en la antología "Lo que encontré en un cajón", disponible en Amazon. "Neurogénesis" es mi segunda novela (ed. Algón Editores, 2015)

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