Me gustan los libros de segunda mano. Puedo perderme en cualquier librería o puesto donde exponen libros viejos, o nuevos pero revendidos, libros que ya tuvieron algún dueño, libros a los que se pretende dar una nueva vida. El precio varía sobre todo por el año de edición, o por el caché del escritor, o porque en su momento fue considerado best-seller o libro de culto. El precio es relativo; un mismo libro, de hecho, puede considerarse a diferentes precios según el puesto, y no siempre está influído por el desgaste del ejemplar.

Por lo general no me duele gastarme el dinero en libros, al igual que en música, porque para mí el contenido impreso en ese papel tiene un gran valor: el talento de alguien que se tomó su tiempo en juntar letras hasta formar palabras, y con estas, párrafos; y con párrafos un capítulo, que junto a otros, concluyen una novela, un libro de poesía, un ensayo, quizás un artículo.

 

Libros viejos

 

Por eso tal vez no acabo de concebir la idea de comprar libros al peso, porque pienso en mis novelas y al imaginarlas entre un montón de libros valorados solo por su grosor y tamaño se me cae el alma a los pies. Pienso en el tiempo que les dediqué, los quebraderos de cabeza, todo el esfuerzo y dinero invertido, incluso todos los intermediarios que tuvo. Sueños, esperanzas, ilusiones, insomnio, llanto… tantas emociones, tanto trabajo… ¿Se puede valorar todo eso con una báscula?

Según La casquería, una de las primeras librerías en vender libros al peso en España, «La producción, pero también el consumo y la cultura en general, ha estado —y está— marcada por el imperativo de la industria: lo que tenemos que leer, las películas que tenemos que ver, lo que tenemos (y podemos) consumir y a la inversa, lo que queda fuera, lo desechable, lo obsoleto […]»; por ello, aducen en su web que la idea es «recuperar el valor de las cosas que el capitalismo descarta, porque no puede parar de producir: las viejas películas y los viejos libros, por ejemplo». En resumen, los libros al peso que venden se supone que son ejemplares que ya nadie quiere por la vejez de la edición o porque en general a la gente le gusta tener/consumir productos que huelan a nuevo.

Para algunos es una forma de poner los libros al alcance de todos, para otros un desprestigio de la literatura. Quienes lo defienden alegan que al venderlos al peso no se tiene en cuenta la supuesta calidad, algo muy subjetivo, sino la cantidad, y que de este modo, además, se pueden encontrar libros descatalogados, clásicos que no se encuentran en otras librerías o libros más contemporáneos por los que pagas una menor cantidad de dinero.

No sé qué opinareis vosotros, pero a mí me sigue pareciendo una forma de comprar ejemplares por su apariencia para que queden bonitos en una biblioteca, o como atrezzo, algo plausible pero que no me parece que apoye demasiado a quienes nos dedicamos a escribir.

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Nací en Madrid a mediados de los años 70 y desde muy pequeña mostré mi afición a la escritura a través de cuentos y novelas cortas. Licenciada en periodismo, pero me defino a mí misma como "comunicadora digital". En 2013 publiqué mi primera novela: "Fotografiar la lluvia" (Algón Editores), y en 2014 recopilé diversos relatos propios en la antología "Lo que encontré en un cajón", disponible en Amazon. "Neurogénesis" es mi segunda novela (ed. Algón Editores, 2015)

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